domingo, 5 de mayo de 2013

FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINEMA D'AUTOR DE BARCELONA (25 ABRIL-2 MAYO 2013)

La capital catalana acogió a finales de este abril y por tercer año consecutivo el Festival Internacional de Cinema d'Autor de Barcelona (el D'A a partir de ahora), un certamen que suma prestigio a medida que se hace mayor y que ofrece al espectador más exigente una oportunidad de oro para disfrutar de films de escasa o nula distribución en nuestras salas comerciales.
Dividido en esta ocasión en seis secciones (Direcciones, Talentos, Autoria Catalana, Realidades, Retrospectiva y Film Diaries) y con un total de medio centenar de películas en su parrilla, el D'A propone una mirada más allá del cine convencional y presenta algunos de los títulos con nombre y apellidos más interesantes del panorama contemporáneo internacional.
Ocho días de incesante actividad cinéfila de alto nivel agrupados en espacios de auténtico lujo (el teatro y auditorio del CCCB, las 2 salas del Aribau Club y la filmoteca de Cataluña) que proporcionaron una valiosísima experiencia cultural y a la vez clama con urgencia una reivindicación del llamado "cine de autor", descubriendo a los espectadores menos temerosos un mundo apasionante y emergente, que lamentablemente todavía se percibe popularmente con cierto recelo.
Autores conocidos por el cinéfilo como Abbas Kiarostami, Michel Gondry o Cristian Mungiu se mezclaron con la nueva ola de nuevos talentos que presentaban aquí sus óperas primas, compartiendo escenario y procurando alimentar un festival tan joven como crucial en el devenir del arte cinematográfico nacional.
Mi toma de contacto con el festival comenzó la tarde del segundo día gracias al film suizo Sister (L'enfant d'en Haut). Una vez acomodado en la oscuridad de la sala 2 del Aribau Club, me dispuse a entrar en ese gélido drama familiar que propone Ursula Meier en lo que viene a ser su tercer trabajo como realizadora. En el film, acompañaremos a Simon, un astuto niño de 12 años que obligado por las circunstancias familiares, roba diariamente equipamiento deportivo en las pistas de esquí cercanas a su casa.
Su hermana mayor, Louise, se muestra incapaz de asumir el rol adulto que le correspondería y propiciará que las vidas de ambos acusen pronto importantes carencias afectivas.
En Sister, la cineasta francesa retoma su discurso sobre las familias desestructuradas que ya propusiera en su anterior trabajo Home,¿dulce hogar?(Home, 2008), pero esta vez perfila un drama desde tan sólo dos perspectivas antagonistas (en contraposición a la familia numerosa de su película previa). Por un lado, ofrece la visión de un niño vestido de adulto que descubre cuan frágil es su situación emocional cuando falta el calor de un hogar y que solo comprenderá del todo cuando se vea desprovisto de la compañía de su hermana mayor, que a su vez, jugaba un esquivo papel materno (con una exquisita alegoría sobre el distanciamiento en la secuencia donde se cruzan los teleféricos entre sí).
Louise en cambio, nos ofrece la visión contraria. Una adolescente forzada a ser adulta que se resiste a abandonar su condición y se ampara en las habilidades de Simon para salir adelante, otorgándole en un gesto de acusada inmadurez, las riendas del hogar.
Simon tratando de vender en plena carretera sus últimas adquisiciones
Una oportunidad pues de disfrutar una película intensa, tierna y por momentos conmovedora, que apunta alto en su paso por festivales (premiada en Sevilla a la mejor fotografia, obra de Agnès Godard) y que viene a significar un paso adelante en la prometedora carrera de Meier.
Mi segundo asalto, tras el fin de semana, confieso que fue quizás la prueba más dura que jamás haya pasado en el interior de una sala de cine.
Una ocasión para comprobar mis límites cinematográficos y de paso, comprender que en determinados estilos (en el caso que nos ocupa, la mixtura entre el found footage y el experimental) aún no me siento todo lo desenvuelto que me gustaría.
El culpable de dicha gesta es el gallego Xurxo Chirro con su experimento visual (que no película en sí misma) Vikingland (Terra de Vikingos, 2011), dentro de la sección Film Diaries.
Aquél marinero llamado Luis jamás imaginó que sus primeras grabaciones a bordo de un transbordador con su nueva cámara de video darían forma a un proyecto exhibido en pantalla grande 20 años después.
El documento, recuperado y montado por Chirro, presenta el día a día de varios marineros gallegos que emigraron al norte de Europa en aquellos años, y atestigua la monotonía y la soledad del grupo mientras transcurre la gélida travesía entre la isla germana de Sylt y la ciudad danesa de Romo.
Como ejemplo testimonial de la emigración finisecular gallega y salvando algunos destellos humorísticos del tal Luis, el conjunto lamentablemente no logra mantener el posible interés inicial y acaba contagiando el tedio que allí se respiraba, yendo a la deriva en el transcurso de sus interminables 99 minutos. Las imágenes recogidas muestran como el grupo trabaja (palé arriba, palé abajo), como se divierten con la nieve, trastean la cámara o celebran la Navidad a su manera, y nos hace testigos de su aburrimiento marino hasta contagiarnos su misma dosis de rutina laboral (planos estáticos contra una pared incluidos o largos minutos mirando el hielo en silencio).

Luis, mirando en lontananza kilómetros glaciares
Un despropósito sin mayor entidad que queda relegado únicamente a unos pocos (muy pocos) interesados en tamaña aventurilla glaciar.
Tras mi bache con Vikingland, retomo mi entereza cinéfila habitual y me dispongo a ocupar mi butaca para el tercer largometraje de la semana, la también producción gallega Arraianos.
El segundo trabajo documental de Eloy Enciso logra algo inusual: extraer magia y poesía visual de un ambiente, a priori, poco cinematográfico. La conseguida plasmación en imágenes de las costumbres rurales más arraigadas de un pueblo entre la frontera de Portugal y Galicia son tan solo la punta del iceberg dentro de esta fantástica propuesta del joven Enciso.
Arraianos nos pasea además por un mundo sostenido en el tiempo, de profundas raíces culturales que se resisten a desaparecer pero que está destinada al olvido más inminente (como bien sabe mostrar en sendas escenas; la tala del árbol como simbolismo de un fin y el parto de la res como alegoría del rebrotar de la vida).
Pocos son los que habitan ya esas tierras, pero su sabiduría queda excelentemente retratada por la lente de Enciso, que se ayuda del inteligente relato "O Bosque" de Marinhas del Valle y la sublime fotografía de Mauro Herce para firmar un documental de gran personalidad y que incluso se sumerge en el género fantástico, muy apropiado en aquellas tierras ricas en misticismo (como bien deja patente la presencia del personaje guardián del camino y conocedor del bosque).
Un bonito viaje, acentuadamente melancólico pero intensamente mágico que contagia su obstinado espíritu por preservar valores y tradiciones culturales por el bien de sus gentes.
Aún hipnotizado e inmerso en la Galicia más frondosa y sin tiempo a paladearla como merecía, me lanzo a por mi cuarto desafío del festival, la película estadounidense aclamada en el último Sundance, Simon Killer.
Esta vez la historia versa sobre Simon, un joven neoyorkino recientemente licenciado que viaja a la capital francesa para, entre otras cosas, tratar de superar una dolorosa ruptura amorosa.
En primera instancia se descubre como un chico sensible, educado, tímido y propenso al desequilibrio emocional, pero a medida que avanza su periplo turístico, y tras quedar prendado de una prostituta de tortuoso pasado, se hace más evidente su lado más oculto.
Es entonces cuando nos sumergimos en una espiral de mentiras, traiciones y chantajes que acabarán por descubrir la verdadera naturaleza de Simon, como bien auspicia el título.
Lo verdaderamente llamativo de la propuesta es su falta de mayores ambiciones, dirigiendo nuestra mirada hacia un personaje central de interés más bien limitado y secundándolo con otro que acaba siendo injustamente inexplorado, el de Victoria, claramente más rico en matices.
No juega a su favor tampoco la adusta interpretación de Brady Corbet (visto en Melancolía, 2011) como Simon, y cuenta con algunas secuencias estériles a poco que exploremos su metraje, pero permite un visionado placentero, con pequeños altibajos en su composición aunque enriquecido con pequeños destellos de personalidad autoral (sobre todo la galería de planos en exteriores).
La mirada hacia el interior de la mente de Simon (principal discurso del film) no se explora con la suficiente capacidad narrativa ni revela originalidad en su puesta en escena (más bien todo lo contrario, vistos los horrorosos interludios epilépticos y el exceso de cámara nerviosa), y su autor se muestra incapaz de dotar el film de una mayor entidad que no sea un sencillo ejercicio indie sobre asesinos en serie.

Simon, consolado tanto física como emocionalmente
Con todo, Simon Killer es un sobrio thriller con sabor a asfalto que consigue mantenernos intrigados (aunque no ofrezca un ritmo creciente) y que se guarda sus mejores cartas para el final, donde agradecemos que no tire de convencionalismos al uso.
Como broche de oro a mi experiencia en el D'A 2013, acudo el último día para el visionado del film belga À perdre la raison, del cineasta Joachim Lafosse. Inspirada en la trágica historia filicídica de Geneviève Lhermitte de 2007, el film inicia su trama sin demasiados preámbulos, mostrando casi precipitadamente la relación entre Mounir y Murielle (Tahar Rahim y Émilie Dequenne, estupendos ambos) desde la pedida de mano del joven marroquí a su rápida consolidación matrimonial con el nacimiento de su primera hija. Ambos conviven en la casa del padre adoptivo de éste, el doctor André Pinget (Niels Arestrup, el mejor de la función), pero tras la llegada de otros 3 vástagos, la relación se torna compleja y deriva en una situación del todo insostenible para Murielle, que poco a poco, se ve sumergida en un estado de total desesperación.
El amargo relato dramático de la pareja protagonista logra vertebrar un film espléndido, de una marcada sensibilidad fílmica digna de elogio y con ramificaciones étnico-culturales muy interesantes (¿se puede tratar la religión y costumbres musulmanas con mayor elegancia?).
Sustentado por un trío protagonista a cual mejor, el film de Lafosse aborda una extensa amalgama de situaciones cotidianas sin perder ese tono humanista y de humildad cinematográfica de la que hace gala, demostrando que lo importante de su película es contar la historia y no adornarla con falsas coordenadas.
Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y À perdre la raison acaba siendo víctima de su propia condición de film menor acercándose peligrosamente (y solo por momentos) al estilo narrativo próximo al telefilm, salvando las oportunas distancias (especialmente en la trama secundaria de sus respectivos hermanos y esa boda de conveniencia).


Una película del todo estimable que fue candidata por Bélgica a entrar en los Oscars de la Academia 2013 y que acumula premios por donde pasa, demostrando que es merecedora de un mayor eco comercial.
Sin duda, y con permiso de Arraianos, la obra de Lafosse significó el mejor film que pude presenciar dentro del festival. Naturalmente, muchas otras películas ofrecidas dentro del certamen se me han quedado obligatoriamente en el tintero, a la espera de poder recuperarlas en breve, aunque sea en el ámbito doméstico.
Así doy por finalizada mi primera andadura en el D'A, un festival que coge cada vez más impulso y que no sólo calma el hambre del cinéfilo (sobre todo, a los amantes del drama, omnipresente en la parrilla), sino que dota a la ciudad de Barcelona de una necesaria salud cinematográfica de gran calibre durante algunos días de primavera.

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